jueves, 10 de agosto de 2017

1996- INDEPENDENCE DAY - Roland Emmerich


Entre 1990 y 2001, las historias de invasiones alienígenas tomaron sobre todo la forma de ataques en masa en lugar de discretas infiltraciones puntuales. Naturalmente, películas como “Species” (1995) aún seguían presentando amenazas individuales, aunque incluso en ese caso los extraterrestres no eran sino la avanzadilla de una invasión a mayor escala. De igual forma, “Expediente X” o “The Faculty” se concentraban en aliens solitarios que trataban de fusionarse con la sociedad humana antes de que la horda llegara para completar la tarea de conquista.



Sin embargo, como decía, este periodo se caracteriza por películas en las que los humanos entran en contacto con enormes masas de aliens que se describen como una entidad pestilente concentrada en la invasión, destrucción y/o expolio de nuestros recursos planetarios. Todos los intentos de interactuar con estos seres como sujetos independientes–tal y como se había narrado en, por ejemplo, “E.T.” (1982) o “Starman” (1984)- son fútiles dado que carecen del concepto de relaciones interpersonales o individualidad. Para que los humanos –casi siempre americanos- puedan derrotar a semejante amenaza, deben asumir su propio sentido de la responsabilidad colectiva, olvidar sus diferencias y unirse para luchar juntos. La paranoia, la desconfianza, la xenofobia y el racismo deben dejarse a un lado para combatir la mentalidad de colmena de los alienígenas. La inserción de estos elementos de globalización y transnacionalidad reflejaban el cambio en el orden internacional producido tras el final de la Guerra Fría.

Películas que pueden mencionarse adscritas a esta tipología son “Mars Attacks!” (1996), “Tropas del Espacio” (1997), “Campo de Batalla: La Tierra” (2000), “Evolution” (2001) o –algo más tardía- “La Guerra de los Mundos” (2005). Pero sin duda, el que mejor ejemplifica este grupo es “Independence Day”.

El alemán Roland Emmerich es un aficionado a la ciencia ficción que vio cumplido el sueño de convertirse en un realizador de éxito (sueño que, por cierto, inspiró el visionado de “Star Wars”). Llamó por primera vez la atención en 1984 con “El Principio del Arca de Noé”, un prometedor intento de transitar por la CF dura relacionado con la manipulación del clima pero que al final quedaba lastrado por una trama mediocre. Sus siguientes títulos, “El Secreto de Joey” (1985), “El Secreto de los Fantasmas” (1987) o “Estación Lunar 44” (1990) no parecían indicar que la carrera de Emmerich fuera nunca a ser destacable. Sin embargo, su oportunidad resultó ser la violenta y ruidosa “Soldado Universal” (1992), una cinta que le permitió a él y a su socio guionista-productor, Dean Devlin (quien había aparecido como actor en “Estación Lunar 44”) entrar en el mercado norteamericano.

El dúo sorprendió a propios y extraños con “Stargate” (1994), que demostró que, contando con
un gran presupuesto, podían convertir un potaje de clichés –un romance planetario al estilo de los años 50 pasado por el colador de las teorías de Erich von Daniken- en una película razonablemente buena que tenía el aroma de las viejas épicas cinematográficas y la emoción de la buena CF dura. El éxito de Emmerich se consolidó y disparó a niveles estratosféricos con su siguiente película, “Independence Day”.

La historia transcurre en el curso de tres días, empezando dos jornadas antes de la celebración norteamericana del Cuatro de Julio. Poco después de que el programa SETI detecte señales de radio provenientes de la dirección de la
Luna, una enorme nave nodriza entra en órbita de la Tierra y envía a la superficie varias naves, cada una de ellas de unos treinta kilómetros de diámetro, que se estacionan sobre cada una de las principales ciudades del mundo. Se desvela así el misterio de si existe vida inteligente en el universo. Inteligente sí, pero ¿amistosa?.

El ingeniero del SETI David Levinson (Jeff Goldblum) detecta un mensaje alienígena codificado en los satélites de comunicación terrestres y advierte al presidente norteamericano, Thomas Whitmore (Bill Pullman) de que se trata de
una cuenta atrás. Las intenciones de los alienígenas pronto quedan claras cuando, al finalizar dicha cuenta atrás, en un ataque coordinado cada nave lanza un rayo que aniquila todo lo que encuentra en su camino en las ciudades sobre las que se han situado. Los ejércitos del mundo se muestran impotentes ante semejante amenaza.

Whitmore, que ha conseguido evacuar la Casa Blanca justo antes del ataque, se refugia en la base militar del Área 51, en el desierto de Nevada, donde acaban llegando un pequeño y variopinto grupo de supervivientes, incluyendo a Levinson y el capitán de las fuerzas aéreas Steve Hiller (Will Smith), cuyo avión fue derribado mientras atacaba una de las naves. Levinson encuentra un punto débil en la tecnología alienígena que les permitiría salvar los campos de fuerza que protegen las naves y descargar un
virus en el sistema informático de éstas. Mientras él y Hiller se preparan para lo que puede ser una misión suicida volando en un vehículo alienígena capturada al encuentro de la nave nodriza para salvar la humanidad, Whitmore reúne lo que queda de las fuerzas aéreas internacionales para encabezar un ataque de distracción que brinde una oportunidad a aquéllos.

“Independence Day” supuso una decepción para aquellos que habían visto en “Stargate” el inicio de una carrera potencialmente interesante en la CF. La capacidad para inspirar maravilla y animar a la reflexión es el ingrediente esencial de la buena ciencia ficción. Por desgracia, en el cine esto es algo que a menudo o bien se margina o bien se banaliza reduciéndolo a un mero despliegue de efectos
especiales. Y eso es precisamente lo que tenemos aquí, un refrito de viejas ideas adornado por depurados efectos visuales de todo tipo y condición (desde los CGI más avanzados del momento a las tradicionales maquetas) y una producción de primera línea.

Lo que vendía “Independence Day” ya desde sus trailers promocionales era su escala épica y sus efectos especiales. Es una película que se regodea en lo espectacular pero que lo articula de una forma absolutamente rutinaria. Es cierto que muchas imágenes resultan impactantes: naves que empequeñecen a las
ciudades, destrucción masiva a un nivel sin precedentes, vuelos en el interior de astronaves que dejan en ridículo al Gran Cañón… Los espectadores de entonces –menos acostumbrados quizá a estos excesos que los de hoy en día- se quedaban asombrados y con la boca abierta ante lo que veían en la pantalla y se dejaban seducir por ello permitiendo que la capacidad de análisis y el sentido común pasaran a un segundo plano. Salas enteras aplaudían y vitoreaban ante las imágenes de destrucción, sin pararse a pensar que lo que contemplaban era la aniquilación de su propia civilización. Puede que unos años después, inmediatamente tras los atentados del 11-S, la productora no se hubiera atrevido a exhibir esas escenas de destrucción masiva de forma tan lúdica, pero en el verano de 1996 los espectadores disfrutaban contemplando cómo las naves extraterrestres reventaban la Casa Blanca.

Ahora bien, tras todas esas explosiones y acción frenética, los alienígenas y todo lo que les rodea no son más que un McGuffin. Existen sólo como fuerza inanimada contra la que los protagonistas puedan embestir. Las razones por las que los extraterrestres han llegado a la Tierra, los detalles de su civilización o sus razones para embarcarse en nuestro genocidio son, cuando menos, vagas–se especula sobre ello un par de veces, nada más-. La belicosa actitud de Hiller supone la burla de cualquier pretensión de comunicación y amistad al estilo de lo que Spielberg nos había prometido en, por ejemplo, “Encuentros en la Tercera Fase” o “E.T.”. Los alienígenas son presentados como seres completamente malvados:
cuando uno de ellos logra comunicarse con el Dr.Okun (Brent Spinner), el mensaje que transmite es de un odio sin fisuras. Por otra parte, su fuerza reside en su número y la superioridad tecnológica porque individualmente no son gran cosa: Hiller captura uno de ellos a base de puñetazos.

“Independence Day” es, primero y sobre todo, una colección de clichés presentada con un envoltorio de efectos especiales (que ganaron un Oscar) y acción. La historia de la invasión alienígena, desde luego, es claramente deudora de la novela de H.G.Wells “La Guerra de los Mundos” (1898), reemplazando como arma contra los alienígenas el inadvertido virus biológico uno deliberado e informático. Pero también debe mucho a películas como la adaptación cinematográfica de ese libro (1953), de la que toma las escenas como la de los ilusos terrícolas recibiendo a los visitantes con banderas blancas, el uso inútil de la bomba atómica, los amantes
reuniéndose entre las ruinas tras creer que el otro había muerto, la única y última oportunidad para derrotar a los invasores, toda la especie humana uniéndose para una batalla decisiva, etc, etc. –la gran diferencia radica, sin embargo, en que Wells era básicamente pesimista acerca de las posibilidades de los humanos en un enfrentamiento contra invasores extraterrestres, mientras que Emmerich y Devlin afirman rotundamente que América puede salvar al mundo sin importar lo feroz o peligroso que sea el enemigo-.

También se pueden trazar paralelismos con otras películas de los cincuenta sobre invasiones alienígenas, como “La Tierra Contra los Platillos Volantes” (1956), especialmente en lo que se refiere a sus escenas de destrucción masiva y aniquilación de iconos arquitectónicos. De
“Cuando los Mundos Chocan” (1952) toma una escena del principio en la que astrónomos utilizan placas fotográficas para ilustrar un cambio en la posición de cuerpos celestiales; la disección del alien es un homenaje a un momento similar de “La Cosa” (1981),… y así podríamos seguir durante un buen rato, porque se cuentan referencias a otros clásicos del cine como “Ultimátum a la Tierra” (1951), “Star Wars” (1977), “Alien” (1979), “Aterriza como Puedas” (1981), “Encuentros en la Tercera Fase” (1977), “Parque Jurásico” (1993), “Poltergeist” (1980), “Elegidos para la Gloria” (1983), “El Planeta de los Simios” (1968) e incluso “2001: Una Odisea del Espacio” (1968).

La película recoge asimismo otros elementos propios del folklore popular moderno relacionado con los ovnis: el Área 51, Rosswell, la filmación de la autopsia de un alienígena cabezón, las
abduciones… “Independence Day”, además de ser un compendio de dos horas y media del cine de ciencia ficción y la ufología ofrece una estructura al estilo de los títulos clásicos de desastres de la década de los setenta producidas por Irwin Allen (“La Aventura del Poseidón”, “El Coloso en Llamas”), como puede ser la presentación de diferentes personajes con sus respectivas subtramas que acaban reuniéndose en el clímax final. Aunque Hiller, Whitmore y Levinson son los claros héroes de la aventura, otros personajes sí que mueren, a veces de forma inesperada, dejando a los espectadores preguntándose quién acabará sobreviviendo y quién no.

Las películas de invasiones alienígenas funcionan un poco como el test Rorschach utilizado por los psicólogos. Dado que nadie sabe cómo es o puede ser un extraterrestre, cualquier concepción
del mismo es necesariamente una proyección que, inevitablemente, traslada los propios prejuicios y los de la sociedad en la que se vive. Así, los films de este subgénero que se hicieron en los años cincuenta transmitían el miedo al comunismo y la división social; la televisiva “Star Trek”, en cambio, era una correa de transmisión de la era Kennedy y la filosofía de los Cuerpos de Paz; E.T. (1982) no trataba tanto del contacto con alienígenas como del deseo íntimo de recuperar unos idealizados valores familiares. En esta línea, “Independence Day” recoge la ansiedad política de los años noventa: su tema subyacente es cómo una América derrotada redescubre su unidad nacional, se reconstruye y devuelve el golpe. Lo que resulta sorprendente es que todo eso proceda de un director alemán como Emmerich (una tendencia que todavía se haría más pronunciada en su posterior película “El Patriota” (2000)).

“Independence Day” ofrece discursos predecibles y demagógicos y heroísmo pomposo. Las
emociones que evoca son simplonas y manipuladoras. Es un guión en el que el Presidente, un veterano de la Guerra del Golfo, lidera personalmente a la “caballería” en su última carga; en el que todos están a la altura de sus capacidades cuando se trata de luchar contra la amenaza e incluso el borracho terminal consigue redimirse con un noble sacrificio. La cámara ofrece un desfile reverencial de símbolos americanos: la Estatua de la Libertad, el Memorial de Lincoln, la estatua de Iwo Jima… y el plano de apertura es nada menos que la bandera Americana plantada en la Luna. No mucho después, esos iconos patrióticos son destruidos por los alienígenas en un intento de suscitar en el espectador un impacto emocional –impacto que, como es de esperar, se diluye en el público no americano (de hecho, en muchas salas se aplaudió enfervorizadamente la imagen en la que la Casa Blanca vuela por los aires).

Y es que, aunque esté dirigida por un alemán, “Independence Day” es una llamada a recuperar el patriotismo americano de la vieja escuela. Incluso el título hace referencia a una de las principales festividades del calendario de ese país, el cuatro de julio, en la que se conmemora la Declaración de Independencia. Sí, hay una suerte de invocación a la cooperación internacional para enfrentarse a los alienígenas, pero a la hora de la verdad no hay ni un solo personaje con diálogo que no sea americano. El enaltecimiento del heroísmo, las emociones ramplonas y la apelación al sentimentalismo patriótico son las mismas teclas que pulsan los partidos políticos en sus propagandas.

Resulta interesante analizar “Independence Day” a la luz de los ataques del 11-S en Estados Unidos. La película casi parece un ensayo de aquella tragedia en la manera de utilizar el
sentimiento nacional de pérdida y derrota ante la sangrienta embestida a símbolos nacionales (el World Trade Center, el Pentágono) para llamar a las armas, recuperar el nacionalismo y organizar una respuesta militar. De hecho, los presidentes en ambos escenarios –Bill Pullman en la ficción y George W.Bush en la realidad- habían sido pilotos de las fuerzas aéreas (aunque Bush no igualó a su contrapartida cinematográfica y no lideró personalmente el ataque contra Afganistán e Irak). Llama igualmente la atención cómo la película nos presenta a un presidente impopular y blando (como Bush Jr) que de repente recupera apoyos e incluso talla heroica presentándose como inflexible guardián de América. Como sucedió también tras los atentados de Nueva York y Washington, “Independence Day” introduce dos peligrosas ideas: por una parte, que lo que necesitan unos divididos Estados Unidos para recuperar el sentimiento nacional es un agresor externo; y, por otra, que cualquiera que espere benevolencia es un estúpido, como los pacifistas (en la película, un grupo de ellos, agitando banderas blancas a la nave que les sobrevuela, son inmediatamente vaporizados cuando la cuenta atrás llega al final y empieza la masacre).

También puede resultar llamativo comprobar lo diferente que es “Independence Day” de otro producto audiovisual contemporáneo que trataba sobre la llegada de alienígenas a nuestro mundo, la televisiva “Expediente X” (1993-2002). Ambas ficciones parecen representar los extremos opuestos del espectro político. “Expediente X” deriva de una paranoia izquierdista
que se alimenta de la desconfianza hacia el gobierno federal; por su parte, la película parece un panfleto firmado por la derecha republicana. Una considera al gobierno un ente engañoso y manipulador, la otra ensalza a los defensores del establishment como héroes y hace un llamamiento a la unidad nacional. Y, sin embargo, ambas comparten el mismo punto de intersección: Roswell y el Área 51. “Expediente X” considera estas dos célebres localizaciones como pruebas de la conspiración gubernamental para ocultar la verdad al público americano; “Independence Day”, en cambio, las convierte en la principal base de operaciones contra las fuerzas alienígenas.

No hay que esperar demasiada lógica ni verosimilitud científico-técnica aquí. Utilizar como arma definitiva un virus informático puede parecer un giro original respecto a la solución adoptada por Wells en “La Guerra de los Mundos”, pero para aceptarlo hay que creerse que un ordenador portátil con el sistema operativo de Apple es compatible con las computadoras alienígenas. La influencia de Steve Jobs fue inmensa, pero esto es ir demasiado lejos. Igualmente inverosímil resulta que un piloto humano pueda aprender en un santiamén a manejar una nave de una tecnología alienígena diseñada para ser operada por seres multitentaculares. Tampoco es que el desenlace del clímax sea para celebrarlo, puesto que la victoria humana sin duda ha dejado varados en la Tierra a un enorme número de extraterrestres hostiles sin forma de regresar a su hogar (la destrucción de las naves no es ni mucho menos total hasta el punto de que no puedan existir supervivientes). Tampoco se dice cómo es posible que los extraterrestres sepan qué monumentos destruir para quebrantar la moral humana…

No hay mucho que decir respecto al trabajo actoral, principalmente porque a Emmerich y Devlin les importa tan poco la caracterización como la trama y los personajes están escritos como auténticos clichés: el judío quejica, el gay histérico que gesticula exageradamente y un Brent Spinner interpretando al típico científico loco, estrafalario en aspecto y maneras. Difícilmente los actores podían inspirarse en el guión para extraer de sus estereotipadas líneas una interpretación brillante. Lo único que pueden hacer es resignarse y dar vida como mejor saben a los tópicos que les han tocado en suerte: el héroe, el interés romántico del héroe, el militar duro, el científico extravagante, el “carne de cañón”… Will Smith debuta aquí en un género, el
de la ciencia ficción, del que acabaría convirtiéndose en veterano con títulos como las dos entregas de “Men in Black” , “Wild Wild West”, “Yo, Robot”, “Soy Leyenda” o “After Earth”. Su estilo aquí oscila entre lo serio y lo cómico y su interacción con Jeff Goldblum (otro veterano del género) se encuentra entre lo más salvable de la película en lo que a actores se refiere.

Al final, “Independence Day” es una película con más diversión que calidad y probablemente no entre en la categoría de “visionado obligatorio” del género. Y, sin embargo, resulta sorprendente la cantidad de manuales y enciclopedias de CF que la mencionan. Desde luego, algo que ver tiene el éxito que cosechó (fue la película más taquillera del año –recaudando 817 millones sobre un presupuesto de 75- y entró en la lista de los diez films con mayor recaudación de todos los tiempos), pero
también y relacionado con ello, porque representa muy bien una rama del cine de CF moderno en el que podrían incluirse cintas como “Encuentros en la Tercera Fase” o “E.T.”: con un guión que mezclaba lo absurdo con ramalazos ingeniosos y unos efectos especiales sorprendentes, sin duda es uno de los mejores ejemplos del cine de CF volcado en el mero espectáculo.

“Independence Day” ha sido fuertemente criticado por todas las razones antedichas y, especialmente, su final bochornosamente patriotero. Pero en lo que se refiere al cine comercial es un producto honesto y tiene mucho que enseñar a otros profesionales con más ambición que
talento. Hay quien se ha lamentado de que durante muchos años, las películas americanas de CF eran un espectáculo visual mediocre que aspiraba a ser un entretenimiento sofisticado con algo que decir; y que ahora esa tendencia se ha invertido y la mayoría de los films de género son un espectáculo visual sofisticado sin nada sólido que aportar, entre otras cosas porque creen que cuanto menos profunda intelectualmente sea la historia, mayor será la audiencia potencial.

Ahora bien, no hay que ser tan duros con una película que sólo se puede disfrutar de una manera: no tomándosela demasiado en serio y apreciándola como lo que es: la película de serie B definitiva, con sus personajes de cartón piedra, su mensaje simplón, desarrollo esquemático y diálogos de vergüenza; solo que ahora, la tecnología ha permitido superar la mediocridad de los efectos especiales de antaño y vestir al producto con una excelente calidad visual.





6 comentarios:

  1. Con esta peli empezó mi proceso de divorcio con los blockbusters. Era un tierno joven y no merecía aprender por las malas qué es la mierda absoluta.

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  2. Muy buena reseña!Estoy totalmente de acuerdo con tu análisis, un 'serie B de luxe'.

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  3. Pochoclera pero muy aceptable...si aceptamos toda la pavada de que los yanques son los únicos en poder destruir a los aliens XD. Excelente reseña

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  4. ¿Sabes qué es lo peor de ésta película? Que tiene una secuela... ¿Por qué? ¿Para qué?

    Saludos,

    J.

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    1. Sí, y reciente. Pues, efectivamente, no veo más razón para una secuela que hacer caja aprovechando el aniversario. Con todo, creo que resulta interesante comparar ambas peliculas porque, dentro de una misma línea, se aprecian diferencias interesantes (como la presencia de los chinos en el asunto). En algún momento la reseñaré... Un saludo.

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  5. hola,la primera vez que la vi me agarro un ataque de caspa, es el sueño de un republicano guerrero, un enemigo sin cabeza al que se puede matar sin culpa(si son alienigenas con mente colmena, malos y poderosos, matarlos es como un deber patriotico) pero cuando la vi despues, si le sacamos las partes patrioteras y escenas poco creibles y el guion endeble(la mitad de la pelicula) se puede disfrutar porque los actores son buenos, los efectos tambien y es entretenida. podria haber sido mucho mejor con un buen guion, pero igual es mejor que muchas peliculas por el estilo. saludos.

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