domingo, 21 de mayo de 2017

1985- BRAZIL - Terry Gilliam


Terry Gilliam ha demostrado a lo largo de su carrera ser uno de los más imaginativos y personales realizadores del género fantástico en el cine. Se dio a conocer primero como uno de los miembros –el único americano- del grupo cómico Monty Python. Allí actuó, escribió, codirigió su primera película (“Los Caballeros de la Mesa Cuadrada y sus Locos Seguidores”, 1975) y, sobre todo, diseñó las surrealistas animaciones que se intercalaban en los sketches del programa televisivo “Monty Python´s Flying Circus” (1969-74). A continuación, se estableció como director cinematográfico, primero con “La Bestia del Reino” (1977), que no llamó demasiado la atención; y luego con “Los Héroes del Tiempo” (1981), bastante mejor recibida. Sin embargo, fue con “Brazil” la película con la que consiguió llamar la atención de todo el mundo.



En un futuro indeterminado, estrictamente compartimentado y dirigido por una tiranía burocrática de absurda complejidad e incompetencia, vive un insignificante funcionario, Sam Lowry (Jonathan Pryce), que pasa buena parte de sus días soñando despierto tratando de evadirse de la realidad, dando tumbos por la vida pasando lo más desapercibido posible y prestándose a los abusos laborales de su inútil jefe. Un día, Sam es enviado a entregar un cheque compensatorio a la viuda de un hombre que, arrestado por equivocación (una mosca cayó en una impresora provocando un error en una letra de su apellido), murió durante el interrogatorio al que le sometían las fuerzas de seguridad. En el edificio donde vive la familia del finado, Sam ve a la rebelde conductora de camiones Jill Layton (Kim Greist), quien resulta ser la viva imagen de la mujer de sus sueños y que está tratando de averiguar qué le sucedió a su vecino (el que fue arrestado por error).

Sin embargo, Jill se marcha antes de que Sam pueda hablar con ella y, desesperado por encontrarla, acepta un empleo en el Ministerio de Recuperación de Información, donde tendrá acceso a su expediente. Para su sorpresa, se entera de que la muchacha está buscada por terrorismo. Sus intentos por saber más sobre el asunto inevitablemente llaman la atención y una vez que eso sucede es ya sólo cuestión de tiempo antes de que pierda el control de la situación y le aplaste el rodillo del gobierno. Lo que sigue es una historia que no por ser una divertida farsa resulta menos devastadora.

Ningún resumen puede hacer justicia a “Brazil”, una película osada e imaginativa que funciona
como homenaje cómico y muy negro de la novela “1984” (de hecho, se pensó inicialmente en titularla “1984 ½”, un tributo conjunto a Orwell y Fellini). Por eso resulta tan curioso –aunque verídico- que Gilliam no hubiera leído la novela a la hora de escribir el guión (que elaboró con el dramaturgo inglés Tom Stoppard y Charles McKeown). “Brazil” puede situarse en la línea de otras distopías posmodernas de corte humorístico e incluso grotesco, como “Delicattessen” (1990), “La Ley de los Rollerboys” (1991) o incluso “Mad Max” (1979), si bien debe más a Franz Kafka o Lewis Carroll que a la cultura del videoclip.

En realidad, lo que hace Gilliam es, por un lado, reconducir el deprimente ataque de Orwell a los regímenes totalitarios en una sátira de la burocracia y consumismo modernos deudora de
Kafka, un sistema en el que la burocracia manipula a los individuos y no al revés; y, por otra parte, en una parodia del capitalismo enloquecido, en el que las clases privilegiadas viven una existencia sibarita y anestesiada incluso mientras las bombas terroristas explotan a su alrededor. Al igual que “Teléfono Rojo, ¿Volamos Hacia Moscú?” (1964), todo el film está permeado por un negrísimo e implacable sentido del humor mediante el cual se ponen de manifiesto la estupidez y perfidia humanas (como la secretaria que se sienta impasible a transcribir el interrogatorio de un reo punteado por gritos y aullidos de dolor) y una malevolente ironía presente en mil y un detalles de la vida cotidiana de ese enloquecido futuro (como el burócrata seguido de su corte de vociferantes ayudantes o la inutilidad de los técnicos gubernamentales).

Todas las escenas de “Brazil” transmiten una sensación claustrofóbica, de espacio cerrado.
Incluso las calles parecen interiores en este futuro regido por la estratificación social y en el que el éxito viene determinado por el consumismo absurdo y el poder para intervenir en los procesos burocráticos. Pero ricos o pobres, todos los ciudadanos son prisioneros del sistema. Esto no es “Metrópolis”, una distopía en la que los detentadores del poder construyen su palacio dorado sobre el sudor de trabajadores esclavos. Aquí nadie puede considerarse un verdadero ganador.

El mundo que imagina Gilliam es uno en el que la sociedad ha tomado todas las decisiones erróneas posibles y en el que el ser humano sólo puede abandonar cualquier esperanza de mejora y tratar de encontrar su propia catarsis, ya sea abandonándose en los sueños nocturnos, optando por la muerte o zambullirse en una liberadora locura. Así, Sam escapa a su triste existencia a través de unos fantásticos sueños en los que se ve como un héroe salvador; y sus compañeros de oficina utilizan las pantallas de sus absurdos ordenadores para ver antiguas películas cuando el jefe no les vigila…

El talento artístico de Gilliam se muestra aquí más certero que nunca. La obsesión totalitaria
por la complejidad se refleja en pantalla no sólo mediante montañas de papeleo y trabajo estúpido, sino también por la insistencia de la policía secreta en entrar en los domicilios por un tubo de descenso de bomberos sin importar lo difícil o poco práctico que resulta; o por los espasmos que le entran a un fontanero del gobierno cuando simplemente menciona al “Formulario 27b/6”. El absurdo mundo futuro de “Brazil” está hecho de opresivo cemento y tubos de plástico; los ricos esconden sus ansiedades con modas absurdas y cirugía estética extrema. Todo en la película apesta a una pobreza y decadencia cuidadosamente diseñadas.

La imaginería de Gilliam es extraña, anacrónica y con referencias que van desde “Metrópolis” (1927) hasta “Blade Runner” (1982) pasando por “Casablanca”, “El Acorazado Potemkin” o
“El Bueno, El Feo y el Malo”. En semejante batiburrillo resulta difícil encontrar un intervalo temporal en el que situar claramente la acción. ¿Es un pasado alternativo? ¿Quizá un futuro en el que la tecnología ha revertido a estadios más primitivos? Las burocracias en particular son la bestia negra de Terry Gilliam y utiliza las máquinas –más que el uso que se da a las mismas- como su símbolo. Tubos neumáticos y ordenadores obsoletos con monitores de cristal de aumento; tecnología mecánica de los años cuarenta y cincuenta que se ha metamorfoseado en artilugios inútiles e incómodos, tuberías y cables que recorren como venas toda la opresiva arquitectura …se mezclan en un batiburrillo heterogéneo y barroco que constituye uno de los rasgos característicos de este film. No fue la primera ni la última vez que Gilliam deformó la tecnología para sus propios fines: recordemos las malvadas máquinas de “Los Héroes del Tiempo” o los extraños armatostes del futuro de “Doce Monos”.

La distopía de “Brazil” está impregnada de una desconfianza ludita hacia las máquinas y el sistema al que sirven, algo parecido a lo que Charles Chaplin había ya mostrado en “Tiempos Modernos” (1936): los motores –mecánicos o burocráticos- no paran de girar, avanzando y aplastando a quien se ponga en su camino. Tratando de sobrevivir al sistema, están los seres
humanos que lo crearon, ya sean amargados conformistas como Sam, luchadores idealistas como Tuttle, víctimas como la familia de Buttle o desconcertados ciudadanos como Jill. Las máquinas de “Brazil” actúan como protuberancias tumorales del sistema burocrático. Así, cuando el aire acondicionado del apartamento de Sam se estropea, lo invade con todo tipo de tuberías tornándolo inhabitable, como si fueran las entrañas derramadas del decrépito cuerpo de un Estado que envuelve y domina a los ciudadanos que viven en su seno.

Pero la osadía visual de Gilliam no se limita al diseño de la arquitectura y tecnología del futuro,
sino que se extiende a otros ámbitos como las pesadillas de Sam, en las que se ve a sí mismo como un caballero alado de plateada armadura que busca a su doncella. En ellas intervienen elementos tan raros como niños mutantes que secuestran a la chica en una jaula flotante, un samurái gigantesco vestido con una coraza compuesta de microchips y cuyo rostro es el del propio Sam, o edificios que surgen del suelo. Visualmente, esas secuencias, rodadas con un filtro que les otorga una cualidad claramente onírica, contrastan con el sucio “realismo” de las escenas que transcurren en el mundo de Sam; pero incluso en éstas hay ideas tan enloquecidas como el del fontanero-guerrillero Tuttle (Robert De Niro), que aparece de improviso en los rascacielos por los conductos de ventilación para cortocircuitar los Servicios Centrales y que al final de la película acaba momificado por tiras de papel higiénico.

Al estrafalario diseño de producción se añade la forma en que Gilliam lo filma todo: el uso de
grandes angulares y contrapicados distorsiona todavía más la imagen que recibe el espectador, cayendo claramente en el terreno de la caricatura o la fábula. “Brazil” es una experiencia visual fascinante.

La película rezuma imaginación, humor y brillantez visual pero también es excesiva y autoindulgente. Las enloquecidas persecuciones recuerdan la pretenciosidad de las de “1941” (1979) de Steven Spielberg; a menudo, Gilliam pierde el control sobre el innecesariamente retorcido argumento; y todo el presupuesto parece haberse gastado en los descomunales escenarios meticulosamente construidos. Por otra parte, algunas escenas están demasiado alargadas, llevando el film hasta unos excesivos 143 minutos.

En el apartado actoral, “Brazil” cuenta con algunas interpretaciones destacables, sobre todo la
de Ian Holm como el inseguro supervisor Kurtzmann, que cae en una depresión suicida al ser incapaz de averiguar qué trámite darle a un cheque; o la de Bob Hoskins en el papel de un agresivo técnico propenso a citar las regulaciones burocráticas. En cambio, los protagonistas no están a la misma altura. Jonathan Pryce tiende al histrionismo mientras que Kim Griest no tiene la talla interpretativa suficiente como para superar las ambigüedades con las que el guión lastra a su personaje (quizá en ello tuvo que ver el que Gilliam no quedara nada satisfecho con su trabajo, recortando muchas de sus escenas y dejando por tanto al personaje sumido en la indefinición).

La principal ironía de un film repleto de ellas, sin embargo, reside fuera del mismo, en su
intrahistoria. Y es que Terry Gilliam hubo de enfrentarse a su propio régimen totalitario (Universal Pictures) y fue capaz de hallar el final feliz que no pudo dar a su protagonista. La historia de la batalla que libró el director contra el estudio para que la película se estrenara en los Estados Unidos tal y como él la había concebido es tan interesante que merece la pena contarse como ejemplo de la estupidez que invade a los ejecutivos cuando se encuentran con productos que se alejan de los parámetros convencionales.

Gilliam había conocido en un restaurante de Francia al productor independiente Arnon
Milchan (que no sólo fue el fundador de la productora Regency, sino agente secreto de la inteligencia israelí). Ambos se emborracharon, compartieron ideas, vieron que podían trabajar juntos y se embarcaron en lo que se convertiría en “Brazil”. Milchan reunió un presupuesto de 15 millones de dólares y convenció a Robert De Niro para que participara en el proyecto. Actor y productor habían coincidido previamente en “El Rey de la Comedia” y “Erase Una Vez América”. (por cierto, aunque la presencia de De Niro fue acogida al principio con entusiasmo, todos acabaron hartos de su perfeccionismo y obsesión por detalles insignificantes. Llegaba a requerir hasta 30 tomas de sus escenas).

Ahora bien, tras rodar el film en Inglaterra (Gilliam llevaba viviendo casi veinte años en ese
país), éste resultó tener un metraje de 140 minutos, 17 más de lo que especificaba el contrato firmado con Universal para su distribución en Estados Unidos. Y ese detalle fue lo que propició la intervención del presidente de la compañía, Sidney Sheinberg, que amparándose en dicho contrato no sólo ordenó recortar la duración del film hasta los 94 minutos, sino eliminar de paso el lóbrego final y sustituirlo por uno más feliz (esta versión es conocida entre los cinéfilos como la “versión de El Amor Lo Puede Todo”).

Naturalmente, Gilliam, autor celoso como pocos de su trabajo, se enfureció y emprendió una batalla personal con Universal a base de corrosivas declaraciones y anuncios en revistas
especializadas. En el curso de la misma, invitaron al director a dar unas clases sobre cine, a lo cual accedió con la intención de aprovecharse de la situación. Preparó una “ayuda audiovisual” que no era otra cosa que su propio montaje de “Brazil”, una modalidad de exhibición que en principio no contravenía los términos de su contrato. Sin embargo, dos días antes del evento, los estudiantes anunciaron públicamente una proyección gratuita de la película y cuando Gilliam llegó al lugar se le comunicó que Universal, enterada de la situación, no permitía mostrar el film. Su conferencia fue interrumpida por llamadas de los ejecutivos del estudio que, finalmente, le concedieron proyectar un “fragmento” de la película. Gilliam se tomó el brazo por la mano y la enseñó entera…todos los días durante las dos semanas que duró el curso. Fue en ese intervalo de tiempo que varios miembros de la Asociación de Críticos Cinematográficos de Los Ángeles tuvieron oportunidad de verla.

Empezaron a circular copias piratas con la versión de Gilliam y críticos de la mencionada
asociación empezaron a preguntar oficialmente si era posible nominar en los Oscars a la Mejor Película a una cinta que no había sido exhibida comercialmente. Universal, acorralada por las alabanzas de los críticos, dio marcha atrás y estrenó el film en los Estados Unidos casi como Gilliam había querido (aunque, como el contrato del realizador especificaba que no durara más de 132 minutos, esa hubo de ser la duración final). La Asociación de críticos la premió con los galardones de Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión, fue nominada a los Oscar a la Mejor Dirección Artística y Mejor Guión y ganó un Premio Hugo, todo lo cual echó aún más sal al orgullo herido de Sheinberg. Su atroz final feliz quedó reservado para la emisión televisiva de la película en Estados Unidos y su lanzamiento en VHS (el despropósito fue subsanado en la edición en DVD). El empeño de Gilliam en mantenerse fiel a su inspiración le compensó con creces: posteriormente aún dirigiría otras dos películas con Universal (una de ellas la igualmente deprimente “12 Monos”). Y aunque no sirva como disculpa por su torpe manejo de este asunto, valga decir que Sidney Sheinberg no era ni mucho menos un completo incompetente: descubrió a Steven Spielberg y financió muchas de sus más exitosas películas, desde “Tiburón” a “Parque Jurásico”, e impulsó otros títulos hoy tan conocidos como “Regreso al Futuro”

¿Merecieron la pena el esfuerzo y desvelos de Gilliam? Sin duda. Y ello aun cuando la película, a pesar de todas sus buenas críticas, tuvo un pobre resultado en taquilla y no llegó siquiera a cubrir gastos. “Brazil” se convirtió en una película enormemente influyente. Todas las distopias son absurdas, pero algunas lo son más que otras y la de Gilliam fue la más absurda y delirante de todas.

Comedia negra tan brillante como excesiva, es sin duda la obra maestra de Terry Gilliam y una de las películas más originales y visionarias de la década de los ochenta. Todo en ella remite a las obsesiones de su director: la difuminación de lo real y lo onírico, la locura y la cordura, la identificación de las máquinas como auténticos cuerpos y la obsesión con los sistemas complejos. Ello no significa que se aun film apto para todo el mundo. Su mezcla de lirismo y crueldad y su particular concepción estética y narrativa son muy personales, auténtico cine de autor, y esa desviación de la ortodoxia hollywodiense siempre implica que habrá tantos espectadores que caigan rendidos a sus pies como que abominen de ella. No es una película disfrutable por todo tipo de público, pero lo que sí se puede asegurar es que quien la haya visto nunca la olvidará.


7 comentarios:

  1. Una de mis películas favoritas. Desde que la vi la canción Brasil ya no suena igual, sino con una melancolía insoportable. Y el final es inolvidable. Es cierto que hace tiempo que no la veo, pero no recuerdo que Pryor lo hiciera tan mal. Un placer leerte

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  2. Genial película, pero al final Sheinberg tenía razón. Hollywood nunca ha considerado el Cine como un arte sino como negocio en que se gana dinero por entretener y agradar al espectador medio, así que aunque sea una de las mejores pelis de Ciencia Ficción, Sheinberg debe sentir que tiene razón. La gente no quería/quiere ver un film así. Por un lado va la masa y por el otro los críticos y los cinéfilos. De ahí la importancia del director. Gracias a la dignidad de Gilliam Universal no ganó dinero con esta peli, pero a largo plazo contamos con un clásico a diferencia de la gran mayoría de las pelis beneficiosas que inmediatamente son olvidadas. Al final, tiene que haber de todo y eso significa que los que nos aburrimos con la "ortodoxia hollywodiense" también tenemos dcho.

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  3. Coincido con tu análisis, Antonio. Es una película difícil y tal y como lo veían en el estudio, a la gente no le iba a gustar. Y tuvieron razón. La primera vez que la ví me resultó un rollo y, de hecho, no pude terminarla. Años después la retomé y -sabiendo el tipo de film que iba a ver- la vi entera. Gilliam es excesivo y su cine no es apto para todos los públicos. Por desgracia, si haces cine minoritario y encima te gastas un montón de dinero en la producción... acabarás siendo un cineasta maldito al que los estudios no querrán tocar ni con un palo. Eso por no hablar del difícil carácter de Gilliam.... Un saludete.

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    1. Yo en cambio la vi de estreno siendo niño y me acojonó. Cuando la volví a ver de joven es cuando me encantó, y así hasta ahora, que la he visto como 4 veces, 2 en cine contando la 1ª vez.

      En cuanto a lo de Gilliam tienes razón, lo malo es que Gilliam no se percató de ello y por desgracia así le ha ido, desde Munchausen cuesta abajo... Aunque no creo que Brazil sea minoritario, el problema es falta de educación y no querer admitir que las pelis no tienen porqué ser siempre agradables y fáciles. Esta peli la veo más accesible que Alphaville o las de Tarkovsky que has comentado por aquí.

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  4. Cuando la vi en su estreno me maravilló, y recuerdo que dividió a mis amistades entre los que la adoramos y los que no la soportaron. Para mí ha sido durante muchos años LA PELICULA, donde todo -imaginería visual, humor, especulación distópica- sintonizaba perfectamente con mis gustos. La he vuelto a ver muy recientemente y no me ha defraudado en absoluto. Sigue siendo maravillosa.

    Alb

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  5. Me has convencido solo por la alusión al libro 1984, que me lo compré hace unas semanas y aún no lo he comenzado a leer.
    La pongo en mi lista de películas pendientes.
    Gracias por la reseña

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    1. Ya tengo la película.
      Espero verla y en cuanto lo haga, si me lo permites, daré mi opinión por aquí.
      Un saludo.

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